Querida amiga, hace días que me estoy llevando las manos a la cabeza. Y te prometo que no tiene nada que ver con mi pelo, sino con lo profundamente en desacuerdo que estoy con algo…
Te pongo en contexto:
Hace un par de semanas Adam Mosseri, el jefe de Instagram, dijo algo que a mí me pareció bastante sensato. Pero ese mensaje después ha sido analizado y comentado por miles de gurús de Instagram y ha terminado convertido en un “teléfono estropeado” colectivo. Te acuerdas de ese juego, ¿verdad?
Alguien susurra una frase al oído de la primera persona. Esa persona la repite a la siguiente. Y así, de oído en oído y de boca en boca… Cuando el mensaje llega al final de la fila, ya no se parece en nada al original. El mensaje se ha deformado.
Pues bien, Mosseri vino a decir, más o menos, que cada vez será más difícil para las plataformas distinguir lo real de lo generado por inteligencia artificial. Que llegará un momento en el que no podrán advertirte de lo que es falso, simplemente porque no sabrán reconocerlo. Y que, en ese escenario, lo humano, lo genuinamente humano, se volverá cada más valioso.
Hasta aquí, bien. Incluso me parece que hay algo de “justicia poética” en que la era de la inteligencia artificial nos obligue a volver a valorar lo humano.
Con lo que no estoy para nada de acuerdo es con la interpretación posterior que se le ha dado a estas palabras. Porque, de algún modo, lo que están deduciendo (equivocadamente) es que lo imperfecto y lo feo se asociarán a lo humano. Y que se acabó la era de lo bello.
De algún modo, lo que dicen es que: Ahora lo humano va a ser lo feo, lo imperfecto, lo crudo, lo sin editar, lo mal iluminado…
Vamos, que están mezclando peras con manzanas.
¿Qué tendrá que ver una cosa con otra? ¿Acaso una IA no puede generar una imagen con cierto nivel de caos, de desorden casual o de feísmo, si tú se lo pides? ¿Cómo va a ser eso garantía de humanidad? Entonces… ¿qué? ¿Le dejamos la belleza a las máquinas? ¿Renunciamos a ella los seres humanos? ¿Les cedemos el color, la armonía, la composición, el cuidado… y nos quedamos nosotras con el ruido, el descuido y la prisa? ¿Desde cuándo lo humano consiste en hacerlo peor?
Vamos a ver: el ser humano lleva miles de años cultivando la belleza. Y no como un capricho estético ni como algo superficial, sino como una necesidad profunda, una manera de estar en el mundo.
Hemos atravesado el clasicismo, el Renacimiento, el Barroco, el Romanticismo… pero también hemos cultivado belleza en lo cotidiano, que es donde de verdad se ve quién eres. En cómo construyes una casa. En cómo ordenas un espacio. En cómo eliges una tela. En cómo presentas un plato. En cómo cuentas una historia…
Buscamos la belleza porque nos regula y nos da calma. La buscamos porque nos da sentido.
Antes de las máquinas, la belleza era una de las señales más claras de humanidad (por supuesto, también el pensamiento simbólico, el lenguaje, la capacidad de abstracción, el pensamiento crítico…). Pero la belleza como gesto intencional siempre ha estado ahí. La belleza como “esto no solo sirve: esto importa”.
Esa belleza que nunca fue igual en todas las épocas, ni en todas las culturas, ni en todos los lugares del mundo, pero que siempre fue humana.
Por eso me parece tan absurdo, tan superficial y tan pobre este razonamiento de:
“Ahora lo humano será lo feo”.
No, perdona.
Lo humano no es lo feo. Lo humano es lo que viene de dentro, a lo que ponemos nuestro cariño. Lo humano es lo que hacemos desde un lugar que importa (y eso ya no tiene nada que ver con si la IA interviene en el proceso -porque puede intervenir como una herramienta más- sino con el lugar en el que te colocas tú en ese proceso). ¿Es un lugar pasivo o activo?
Al hilo de esto, estoy recordando algo que comenté hace unos días en una clase en directo. Le contaba a las alumnas que soy de esas personas (que son la resistencia en redes) que aún dan likes a las personas a las que siguen. Es decir, que yo entro en Instagram de forma intencional y activa, elijo la opción “Siguiendo” para que me aparezcan en el timeline solo las publicaciones de las personas a las que sigo y voy una a una dando like a todas, porque es mi manera de apoyarlas y de ser parte de ese cambio que a mí me gustaría ver en los demás. Doy aquello que a mí me gustaría recibir. Porque mirar un Reel en silencio y pasar al siguiente no ayuda mucho, sobre todo si ni siquiera lo ves hasta el final.
Sin embargo, hay un tipo de publicación a la que nunca doy like porque, sencillamente, no me nace de dentro. Son aquellas que se han escrito con IA. No sé tú, pero yo lo noto un montón. Y cuando las leo pienso, ¿dónde está la persona que hay detrás y por qué ha dejado de hablar conmigo?
Ojo, no estoy diciendo que no puedas ayudarte un poco con IA. Por ejemplo, para terminar una frase que se te ha quedado atascada, para no partir de cero si te bloquea la página en blanco… Pero tomar un texto que ha generado una IA tal cual, copiarlo y pegarlo es robarle el alma a la comunicación. Es hacer sentir a la persona que está al otro lado que no importa, que lo único que quieres es tachar una tarea de una lista.
Por eso mi discurso nunca ha sido usar la IA o no, sino dónde quedas tú en el proceso. Dónde queda lo humano, no si lo feo es humano y lo bello artificial.
¿Qué tendrá que ver?
A veces pienso que esta interpretación tan simplona no tiene tanto que ver con el futuro de las redes sino con las limitaciones de quien la hace.
Porque, claro, si no sabes crear belleza, si no tienes las herramientas, si no tienes el ojo entrenado, si no tienes la sensibilidad, si no tienes el más mínimo interés… es comodísimo declarar que la belleza ya no importa.
Es mucho más fácil decir que “ahora se lleva lo feo”.
Pero eso no convierte esa idea en verdad, sino en una excusa muy conveniente.
La belleza no es sospechosa. No es “inteligencia artificial”. No es “marketing”. No es una “trampa”…
La belleza es una capacidad humana. De hecho, una de las más antiguas y salvajes.
Los humanos creamos belleza mucho antes de tener wifi, de tener cámaras, de tener filtros… Antes incluso de tener palabras para explicarla.
Así que esa dicotomía de “bello igual a IA” y “feo igual a humano”… es tremendamente absurda.
Lo feo no es más real. Puede que simplemente sea menos trabajado.
No podemos confundir lo feo con la autenticidad. Ni lo bello con lo superficial. Porque lo que nos aleja no es lo bello, es lo frío, lo que no tiene alma, lo que se queda en la superficie. Ahí está el quid de la cuestión.
Además, pensar que lo imperfecto va a ser la prueba de lo humano es no haber entendido nada de cómo funciona la inteligencia artificial. Porque la IA puede generar imperfección. Puede poner granitos, un pelo fuera de sitio, una mancha en un espejo… Puede simular que algo es casual. Puede fabricar ese “toque descuidado” que algunos ahora quieren convertir en sello de humanidad. Si puede hacerlo ahora, imagínate a qué nivel va a poder hacerlo el mes que viene.
La autenticidad no es una estética. Si volvemos a las palabras de Mosseri, la autenticidad sería, más bien, una biografía.
A fin de cuentas, una imagen puede engañar. Unas palabras, también. Pero sostener una mentira en el tiempo… cansa.
Y, al final, la autenticidad no es algo que hay que ir demostrando. Más bien es algo que se va acumulando.
Se acumula con los años, con un tono de voz y unas convicciones propias, con decisiones coherentes… La autenticidad no es una imagen concreta, es el rastro que vas dejando al pasar.
Porque no es más real lo que se ve crudo. Lo real es que sea tuyo.
Hay gente que es auténtica con una cámara profesional y una iluminación preciosa. Y hay gente que es falsa con el móvil en la mano y el pelo mojado.
Porque la autenticidad no está en el formato ni en la estética, sino en la persona.
Si hay algo que quiero que te lleves hoy, es que no te dejes convencer de que lo humano es hacerlo peor. Lo humano es poner el cuerpo y, sobre todo, el alma. No es bajar la calidad. Es el cuidado, el criterio, tu mirada…
Así que no, no hay que renunciar a la belleza para ser auténtica. Hay que renunciar a la máscara, que es lo único que se cae con el tiempo.
Quizá el futuro es una vuelta al origen. A la fuente real. A eso que te inspira. A eso que siempre te ha dado alas.
Quizás el futuro sea poner a salvo lo que nos importa. El cuidado que pones en lo que haces incluso cuando vas con prisa. Encontrar la manera de volver a conectar con los demás.
Yo no cultivo la belleza como un estándar de perfección. La cultivo como una manera, precisamente, de estar en el mundo y conectar con otras personas aunque nos separen kilómetros y pantallas. Como una forma de decir: “Esto me importa”, “estoy aquí”, “lo he hecho con cariño”, “te lo entrego con amor”…
Y que venga alguien y me diga si eso no es profundamente humano.
Yo no sé qué va a hacer Instagram, ni la IA, ni el algoritmo con nuestras ganas…
Pero sí sé una cosa: cuando el mundo se llene de imitaciones perfectas incluso de lo imperfecto, la gente va a buscar, casi con desesperación, una señal de vida. Y esa señal no será lo feo, ni lo crudo, ni lo torpe, ni qué sé yo… Será alguien de carne, de historia, de mirada… poniendo tanto de sí en lo que hace que traspase la pantalla.
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