Lo que escondes bajo la alfombra siempre vuelve

Querida amiga,

Mon Laferte dice: » yo prefiero abrir la herida y sanar que meter la basurita debajo de la alfombra».
Y yo también. YO TAMBIÉN.
Pero últimamente más que nunca.

En el episodio de la semana pasada te contaba que cuando septiembre me activa la híper-exigencia y mi lista de objetivos empieza a crecer demasiado, me pregunto de dónde nace esa montaña de metas. ¿Nace del amor o de otro lugar? También te contaba que me pregunto mucho qué quiero y por qué estoy corriendo tanto. ¿Para qué? ¿A dónde quiero llegar con esas prisas?

Hoy me gustaría añadir una pregunta más, la más importante de todas, quizás: ¿cómo quiero que sean las cosas? ¿Cómo quiero lo que quiero?

Verás, hace unos días me vi de repente sentada frente al ordenador ya de noche mientras mi familia cenaba en la planta de abajo. Apenas llevaba una semana reincorporada al trabajo y ya me estaba perdiendo la primera cena con mi hija.

Me sentía realmente enfadada conmigo misma y automáticamente se me activó ese diálogo interno en el que me recriminaba estar dando pasos hacia atrás.

«Susana, tú ya habías superado esta etapa», me decía a mí misma, molesta. «Te has prometido muchas veces no llegar a esta situación y aquí estás de nuevo, rebasando horarios y límites, como si este tipo de concesiones no importaran. Eso que está pasando ahí abajo es tu vida y tú te la estás perdiendo».

Había una parte de mí que estaba tentada a ejercer de abogada de la defensa alegando que era algo puntual, que se debía a un cúmulo de circunstancias (una presentación que tenía que entregar antes de lo esperado, un pequeño bloqueo creativo que me había hecho tardar más en completar una tarea, una reunión inesperada…).

Podría haberme conformado con ese alegato (porque todo eso era cierto) y declarar nulo el juicio. Pero sabes qué habría sido eso, ¿verdad? Meter la basurita debajo de la alfombra. Meterla una vez más.

Porque sí, de repente tenía que cumplir con un plazo de entrega más apretado de lo que esperaba, y me había quedado sin tiempo acudiendo a una reunión y echando horas de más para compensar un bloqueo creativo.

Pero yo sabía que como, cada día, llegaría la noche, que mi familia cenaría, que yo estaría cansada, que tendría ganas de estar con mi hija… Y elegí quedarme trabajando. No lo elegí activamente (no fue una decisión consciente que hice al comenzar mi jornada de ese día).

Pero no eligiendo, elegí.

Y sí, los tiempos en los que apagaba el ordenador a las tantas y se me iba la vida trabajando, quedaron muy atrás. Es cierto que ahora tengo un sistema de trabajo mucho más eficiente y amable, y este tipo de situaciones son excepciones puntuales. Pero no las quiero pasar por alto porque no las quiero en mi vida ni siquiera de forma puntual. Porque cuando pienso cómo quiero cumplir mis metas, tengo claro que no es dejando fuera de mi día el descansar o disfrutar de la cena con mi familia. No es así como quiero que sea mi negocio, no es así como quiero que sea tener éxito profesional.

Y si no es así como quiero que sea, tengo que elegir activamente. Porque cuando me quedo trabajando horas y horas, estoy eligiendo no descansar. Cuando suena el despertador y no me levanto a tiempo, estoy eligiendo no hacer deporte ese día. Cuando me quedo frente a una pantalla más tiempo, estoy eligiendo no tener, por ejemplo, un rato de lectura.

A veces es muy incómodo darse cuenta de que lo que eliges con tus actos no se parece a lo que dices que quieres.

Pero siento que es un ejercicio de responsabilidad personal dejar de esconderse tras la excusa de las excepciones. Porque lo cierto es que muy pocas veces es una verdadera excepción, es más bien esa piedrecita que te vas a encontrando de tanto en tanto entre un montoncito de lentejas. Esporádica sí, pero siempre haciendo acto de presencia.

Es ese granito repetido que va formando un bulto debajo de nuestra alfombra. Un bulto que no se forma con la basurita de un solo día, con la excepción que confirma la regla.

Esa montañita debajo de nuestras alfombras es un desnivel, un desequilibrio. Es la prueba de que, demasiadas veces, no estamos eligiendo lo que queremos.

Y yo ya no quiero taparla.

Quiero mirarla de frente y usar esa incomodidad para dar un giro, para darle la vuelta a mi realidad, hasta que encaje con lo que quiero, hasta que el suelo de mi vida vuelva a estar liso, sin montañas traicioneras.

Cada día me pregunto cómo puedo hacer que mi negocio deje de llevarme por derroteros que no quiero pero que elijo de forma pasiva y cobarde. Cómo lo puedo hacer más amable conmigo, más libre, más eficiente sin renunciar a mis valores, sin renunciar a esa parte de poesía que es la que hace que me lata fuertemente el corazón y me diferencie de otras propuestas más planas.

Encontrar ese equilibrio entre un negocio rentable y pasional está siendo un camino precioso que está transformando mi vida por completo. Un camino en el que he logrado que las cenas que me pierdo sean muy pocas (cosa que aún así espero pulir porque siempre hay margen de mejora). Y un camino que me hace sentir cada día más conectada con lo que hago.

Cuando emprendes, crees que hay una brecha entre el punto en el que estás y lo que quieres conseguir. Pero a medida que vas alcanzando metas, te das cuenta de que la verdadera brecha es otra: aquella que separa lo que consigues de cómo quieres conseguirlo (a qué no estás dispuesta a renunciar o cómo quieres que sea tu vida mientras lo consigues).

Al final, la herida no sana solo por llegar donde quieres, sino por llegar de una forma que NO te hiere.

Sanarla es elegir cada día cómo quiero lo que quiero. Es elegir la coherencia por encima de cualquier cosa y dejar de barrer debajo de la alfombra. Porque la coherencia no es cómoda, ni fácil, pero es la única forma de que la brecha deje de sangrar. De que la herida se convierta en puente y no en abismo.

Y ahí, justo ahí, empieza la vida que decimos querer.

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