Querida amiga,
«Era una deportista, una alpinista. Tan pronto como coronaba un pico, se lanzaba a por el siguiente. Ella veía su vida como una larga ascensión, aunque a veces se preguntaba qué ocurriría cuando estuviera en la cima. Esperaba ese día sin desearlo realmente».
Esto que acabo de compartirte es un fragmento de la novela «La trenza», de Laetitia Colombani. Y además de ser un trocito de ficción, también es una porción perfectamente extraída de la vida de muchas de nosotras.
Septiembre volvió a nuestras vidas con sus noches frescas, el reencuentro con las sábanas y las rutinas, las primeras lluvias en los cristales, los campos amarillos, el trigo seco, y el verano ensayando una nueva despedida.
Y en mitad de todo esto llegaron las carreras, las dosis extras de presión y las listas interminables de propósitos.
A mí, que siempre me gustó el verano, que me hago la despistada por mucho que ensaye despedidas, todo esto me parece un poco loco, y eso que me he pasado la vida siendo alpinista.
Pero supongo que precisamente por eso no quiero convertir septiembre en una cima, en un pico que ascender, en nada que haya que escalar, que haga mi vida cuesta arriba.
No sé si es que me hago mayor y más sabia o mayor y más vaga (jajajaja), pero dudo mucho que la productividad deseable y gozosa se construya levantando un hacha sobre el 31 de agosto y haciéndole un tajo que lo separe de forma abrupta e irremediable del 1 de septiembre.
Y claro que hay que volver a los trabajos, reactivar los negocios, empezar el curso escolar…
Claro que hay rutinas que apetece retomar o proyectos nuevos que ilusionan. Pero amiga, las listas interminables de objetivos y propósitos se nos van de las manos.
Hay una tendencia a sobrecargar septiembre, a decir que es el nuevo enero, que nos empuja a exigirnos sin medida. Lo disfrazamos de «fresh start», que suena divertido y revitalizante. Pero en realidad siento que es más saludable moverse a lo largo del tiempo como un continuo.
Hay estudios que demuestran que cuando un día se presenta como el inicio de algo nuevo, aumenta significativamente la intención de emprender una meta, como iniciar una dieta. Es el «efecto nuevo comienzo». Y es por eso que ciertos momentos claves (cumpleaños, enero, septiembre, el lunes…) actúan como marcadores que nos motivan a iniciar algo nuevo.
De hecho, fíjate qué curioso: está comprobado que en Google aumentan significativamente las búsquedas que contienen la palabra «dieta» precisamente los lunes, el primero de cada mes o el 1 de enero de cada año.
Es como si esas fechas claves fueran un portal para viajar a otro lugar, a otra vida, a otra versión de nosotras mismas. Como una ruptura psicológica con el pasado.
Pero la exigencia de estos tiempos es cada vez mayor, y la lista de metas es cada vez más larga. Ya no es la dieta: es encontrar hueco para empezar clases de cerámica y publicar más en Instagram y empezar un podcast y leer 10 libros al mes y llevar la casa más al día y hacer 10.000 pasos diarios y empezar a trabajar antes de las 8 y tomar el sol 15 minutos (pero nunca más tarde de las 10), y hacer un curso online por las noches y dormir un mínimo de 8 horas y cuidar más nuestra relación de pareja y aumentar nuestra facturación un 20%.
Las listas de septiembre están llenas de objetivos maravillosos, pero en conjunto son terroríficos. Es un hachazo tan salvaje y tan contrapuesto a la calma de agosto que creo que fulminamos los beneficios emocionales que haya podido tener esa calma.
En un artículo reciente del laboratorio de psicología de Berkeley (qué bien nos viene Berkeley para estas cosas, para citarlo y darle peso a lo que opinamos), se habla del «control adjustment cost», es decir, de ese coste psicológico que tiene el cambiar entre distintas metas e intenciones rápidamente.
Vamos, que cuando nos ponemos una meta que nos ilusiona y aprovechamos el empuje de una fecha clave (el 1 de septiembre por ejemplo), todo bien. Pero cuando convertimos septiembre en un nuevo enero y nos hacemos una lista de objetivos más larga que una novela turca, lo que conseguimos es favorecer la fatiga emocional, la ansiedad, el estrés y la frustración. Y eso no viene solo de que tengamos muchas cosas que hacer, sino de ese coste psicológico que pagamos por estar ajustándonos a tantas tareas diferentes a la vez. Vamos, que se nos va la energía y la eficacia entre tantos reajustes emocionales más que en la ejecución en sí de esas nuevas tareas o proyectos.
A veces me imagino qué pensaría alguien que vivió hace 100, 200, 300, 500, 1000 años… si nos viera por un agujerito.
Imagínate a ese agricultor, a ese cazador o a ese recolector que vivió toda su vida como un continuo. Ellos no tenían estos cortes abruptos, estos hachazos en mitad del calendario, estos acelerones en su ritmo vital. (Tampoco tenían vacaciones, eso es verdad). Pero la cuestión es que vivían en la continuidad del tiempo. Por supuesto había estaciones y épocas de siembra y de cosecha, pero no existía ese salto gigante entre modos de vida distintos. Había transiciones lentas y fluidas.
Cuando imponemos estos cortes artificiales como el del 1 de septiembre creamos una ruptura psicológica con nuestro ritmo biológico y emocional.
Y si esto es algo generalizado en el mundo actual, ni te cuento entre las mujeres emprendedoras. Porque a la lista inmensa de obligaciones clásicas (sí, esas relacionadas con la salud, el deporte, aprender algo nuevo, los compromisos sociales…), nosotras añadimos una montaña de objetivos relacionados con el negocio.
Así, en corto, nos proponemos levantar, impulsar, revitalizar o duplicar el negocio de aquí a final de año. Porque nada mejor que llegar a diciembre sin habernos separado de nuestras 2 mejores amigas: autoexigencia y culpa. ¡No se me ocurre nada mejor!
Y ojo, que aquí servidora es la más pecadora de todas.
Por supuesto que he empezado muchos meses de septiembre con estos objetivos. Porque… ¿quién no quiere levantar, impulsar, revitalizar o duplicar su negocio? ¡Todas! Y yo la que más.
Pero me he dado cuenta de que no lo quiero a cualquier precio. No lo quiero si voy a vivir con «autoexigencia» y «culpa» y encima no saben hacer croquetas ni me van a pagar el alquiler. No lo quiero abriendo tantos frentes que me impidan ver resultados concretos. Porque al final así se trabaja mucho pero se avanza muy poco.
Sé que lo nuevo seduce más que lo que ya estaba en marcha. Pero al vivir nuestros negocios como una sucesión de nuevos comienzos en lugar de como un continuo, tendemos a planificar desde la ansiedad en lugar de desde una visión consistente en el largo plazo. Convertimos nuestras listas de propósitos en un vómito de exigencias en lugar de una brújula. Invertimos tiempo y energía en cosas que parecen importantes pero no lo son.
Si viste mis Stories de la semana pasada, te diste cuenta de que no estuve operativa el 1 de septiembre, ni el 2, ni el 3, ni el 4. Estuve con mi hija. Ella aún no tenía colegio. Yo no tengo a nadie que pueda cuidarla mientras yo trabajo. Ya sabes que mi familia está en la otra punta del país, que yo no soy del lugar en el que vivo y que no tengo una red de apoyo cercana para estos casos.
Durante los primeros años de mi emprendimiento, intentaba hacerlo todo. Y sé que habrá muchas mujeres escuchándome que estén en el mismo caso, maternando, trabajando, desdoblándose, haciéndolo lo mejor que pueden. Os admiro y os abrazo.
Y quiero dejar algo claro. Ojalá llegue el día en que podáis respirar un poco más. Solo quien lo ha vivido sabe lo mal que se pasa.
Para mí llegar al punto en que puedo decidir no reincorporarme al trabajo el 1 de septiembre fue un largo camino.
Yo también he vivido (y no hace tanto) ese septiembre que me pedía estar presente cuanto antes. Porque había que facturar. Porque no nos alimentamos del aire. Porque hay hipotecas que pagar y metas que cumplir y personas que dependen de nosotras.
Y también he vivido muchas veces la ansiedad de intentar avanzar en el negocio con una niña pequeña en casa, sin tener cabeza ni para lo uno ni para lo otro, sintiendo que eso no era exactamente el negocio ni la vida que yo quería, pero que ahí estaba y había que tirar hacia delante.
Después de preguntarme muchas veces qué quiero y qué no quiero, y para quién estoy corriendo, creo que por fin se me colmó el vaso lo suficiente para empezar a hacer cambios.
A partir de ahí, empecé a diseñar cómo sería un negocio que me permitiera acompasarme a mis propios ritmos, y no a los del calendario, las tendencias o las exigencias externas.
Y por si tú también estás en ese punto, preguntándote cómo quieres emprender este nuevo curso, te dejo aquí algunas reflexiones que a mí me están ayudando.
En primer lugar, no es que no debas ponerte objetivos. Pero pregúntate antes de dónde nacen.
¿Nacen de una mirada realista, sabia, amorosa? ¿O de la ansiedad, la comparación, la hiper-exigencia y la prisa por no quedarte atrás?”
¿De dónde?
En segundo lugar, ¿estás segura de que necesitas un empujón o un freno?
Porque, mira, no hay mejor señal de que necesitamos una pausa para pensar bien las cosas que ver que nuestras listas de objetivos están a rebosar. Ahí está claro que no estamos sabiendo separar lo que parece importante de lo que realmente lo es.
Y esto me lleva a lo siguiente:
Lo de abrir muchos frentes puede parecer de valiente, pero igual es de kamikaze.
Trabajar mucho y avanzar poco suelen ir de la mano, y es así como estas 2 realidades empiezan a rozarse los deditos.
Y ojo, el problema no es que te gusten los nuevos comienzos (si son preciosos, y a mí es la primera a la que le gustan).
Es que si siempre empiezas desde cero en tu negocio, corres el riesgo de abandonar cosas que ya estaban dando frutos o que estaban a punto de darlos. Muchas veces nos dejamos seducir por esa otra idea brillante cuando lo que nos hace falta es cuidar mejor las que ya teníamos en marcha, seguir insistiendo hasta llegar a ese momentum, ese punto en el que empieza a florecer lo que ya hemos sembrado. La mayoría de las veces, nos rendimos antes de llegar a ese punto.
Y es que tendemos a vivir el negocio como un sprint. ¡Y es más bien un ciclo!
Puede que septiembre no sea tu temporada de florecer. Quizás estás sembrando, o quizás estás dejando descansar la tierra. Y todo es avance porque todo es necesario.
Después de tantos septiembres queriendo escalar nuevas montañas, he aprendido que mi negocio no necesita más picos. Necesita raíces. Y las raíces se cultivan teniendo continuidad y no llenándote de objetivos nuevos. Se cultivan en todas esas pequeñas decisiones que suman y avanzan en una misma dirección para que llegue nuestro momentum.
Así que, mira, este mes te deseo menos listas, más espacio, más silencio y más escucha.
Deseo que te hagas preguntas:
¿Qué parte de tu negocio ya está funcionando y merece continuidad?
¿Qué estás haciendo solo porque crees que deberías hacerlo?
¿Qué sería suficiente para ti en los próximos tres meses para remar en una sola dirección?
Y si después de todo esto, la montaña de septiembre te sigue llamando desde las alturas, igual puedes quitarte las botas de escalar y decirle: “mira, cariño, este año no. Este año me quedo en el llano un ratito regando lo que sembré en primavera, cuidando de lo que está a punto de crecer y arreglando esa brújula que se me rompió de tanto usarla haciéndome la cabra por tus cumbres.
Porque después de tantos septiembres jugando a ser alpinista, he aprendido que no hay cima ni vistas que compensen vivir con la lengua fuera y el corazón en la garganta.
Y que a veces, el mejor lugar para acampar no está más arriba, sino justo donde por fin decides dejar de escalar.
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