Cuando la estrategia está, pero las ganas no

Querida amiga, hablemos de las ganas. O mejor aún, hablemos de cuando faltan las ganas.

Porque siempre se nos insiste mucho en la importancia de una buena estrategia. Pero puedes tener el plan más detallado del mundo, e incluso tenerlo todo bastante claro, y ser incapaz de dar un paso.

Tener una estrategia es muy importante. A fin de cuentas, es como tener un mapa que te guía. Pero si te fallan las ganas o la motivación, da igual que tengas ese mapa porque no serás capaz de dar ni un solo paso.

Y es que si la estrategia es el mapa, las ganas son el motor. Y ningún mapa, por perfecto que sea, avanza solo.

Yo esto lo aprendí a fondo en 2024.

Si ya me escuchabas por entonces, sabrás que ese año pasé por una crisis profesional y personal muy grande. Se me juntaron muchas cosas: un duelo familiar totalmente inesperado: un 2023 de muchísimo estrés, con lanzamientos encadenados, sin apenas pausa. Alguna que otra desilusión que me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir… Y, de fondo, un problema de salud que no vi venir. Que me pilló desprevenida. Y que me afectó mucho.

Todo junto fue un cóctel perfecto. Un cóctel molotov, de hecho.

Y yo me vine abajo. Muy abajo.

Como nunca antes me había venido a nivel profesional.

Recuerdo algo que hablaba muchísimo con mi psicóloga y que me sorprendía y me obsesionaba bastante. Había mañanas en las que me sentaba a desayunar. Desayunaba con normalidad. Terminaba. Y… no era capaz de levantarme de la silla.

Ni para ponerme a trabajar. Ni para cambiarme de sitio y, al menos, si no iba a trabajar estar más cómoda (leer un libro, ver una serie…). Ni para salir a pasear. Ni para hacer algo mínimamente amable conmigo.

Me quedaba ahí. Sentada. Mirando al vacío. Incapaz de moverme.

Sabía que tenía que levantarme. Sabía que quedarme ahí no iba a traer nada bueno. ¡Es que ni siquiera estaba cómoda! Sabía que había cosas que se empezarían a apagar dentro de mí, si seguía así, y también en mi negocio. Porque ya sabes, planta que no riegas…

Y aun así… no podía moverme. Ni un dedo.

Eso me desconcertaba y me frustraba muchísimo. Porque además, no me pasó un día de forma puntual. En esa época, me pasaba muchos días.

Y lo que más me chirriaba es que yo no soy una persona que se quede quieta cuando las cosas se ponen difíciles. Yo siempre he tenido muy claro que, si quería algo, tenía que moverme.

Ya te he contado alguna vez que vengo de una familia humilde. Desde pequeña supe que, si quería seguir estudiando, tenía que hacerlo con becas. Y para eso, había que sacar buenas notas.

Cuando entré a trabajar en una empresa con un sistema muy clasista, entendí rápido que, si quería prosperar ahí, tenía que demostrar el doble, el triple, o el cuádruple que los demás

Después emprendí. Y lo hice sin soporte, sin padrinos, sin apoyo económico de una pareja, con una hipoteca que pagaba yo sola (por aquel entonces yo no estaba con Manel, vivía sola en Sevilla). Y sabía que, si quería comer ese mes y pagar esa hipoteca, tenía que hacer que las cosas sucedieran.

Ese mensaje de nadie te va a dar nada hecho me ha acompañado toda la vida. Y ha hecho que tuviera un instinto de supervivencia bien fuerte.

Siempre me he movido.

Por eso verme ahí, parada, incapaz de levantarme de una silla durante horas… me hizo preguntarme cosas muy serias.

Me preguntaba si es que tal vez me había quedado sin instinto de supervivencia. Si algo esencial dentro de mí se había roto. Si me había convertido en una persona sin disciplina…

Hoy sé que no.

Hoy sé que aquello no era falta de disciplina, ni de ambición, ni de compromiso, ni de ganas de salir adelante.

Era otra cosa.

Lo que se me habían roto eran las ganas. Y por mucho que quería obligarme a volver a tenerlas, no aparecían. Porque la motivación no funciona así.

Durante mucho tiempo nos han hecho creer que funcionamos a base de presión, o de premios y recompensas. Que cuanto más te exiges, más avanzas. Que cuanto más te aprietas, más produces.

Pero en lo creativo, eso falla estrepitosamente.

Y lo peor es que cuando eso falla, tendemos a pensar que el fallo somos nosotras. Que nos hemos vuelto cómodas. O que hemos perdido el hambre. Que ya no somos las mismas, tal vez…

Yo pensaba algo así, que después de tantos años empujando, algo en mí se había rendido. Que tal vez había cruzado una línea invisible y ya no sabía volver.

Pero no (inserta aquí un suspiro de alivio 🥲).

Lo que me faltaba era placer.

Y no, no se trata de algo frívolo. Hablo del placer como de la materia intangible que se aloja en la mismísima entraña.

Es esa respuesta profunda del cuerpo que no pasa por la cabeza, pasa por dentro. Por el estómago. Por el pecho. Por el punto exacto en que tus pestañas se topan con el mundo. Ese lugar donde no se razona, se siente.

Cuando hay placer, la entraña te dice que . Es un sí rotundo. Un sí aunque cueste. Sí aunque no sea perfecto. Sí aunque no sepas muy bien a dónde lleva.

Sí, sí, sí y sí.

Por eso, cuando ese placer desaparece durante demasiado tiempo, no desaparece una ilusión bonita. Desaparece una señal básica de vida. Una especie de pulso interno que te empuja a moverte sin tener que convencerte de nada.

Por eso cuando todo se vuelve árido, cuando crear ya no te acaricia la entraña, cuando te la araña, te la carcome, te la desgasta… el cuerpo se retira.

Se queda clavado. Y lo hace por instinto.

El cuerpo, sencillamente, deja de colaborar.

Quizás hayas leído un libro muy conocido que se llama Drive, de Daniel H. Pink. En ese libro, su autor cuenta que hay una motivación que no depende de premios, ni de presión, ni de promesas futuras. Una motivación que no se activa desde fuera, sino desde dentro. Y dice que esa motivación interna se sostiene, básicamente, sobre tres pilares.

El primero tiene que ver con elegir.

Cuando hay placer, elegir no pesa. Decides casi sin darte cuenta. Hay algo dentro que se inclina solo hacia un lado.

Pero cuando llevas demasiado tiempo creando sin disfrute, elegir se vuelve agotador. Cada decisión parece un esfuerzo extra. Incluso decidir algo que te apetece se vuelve una carga.

¿Te suena esto? Cosas que disfrutabas al inicio de tu negocio, ahora te resultan pesadas…

El segundo tiene que ver con mejorar.

Cuando hay placer, mejorar ilusiona. Afinar, probar, aprender, crecer… se siente como algo muy vivo, muy juguetón.

Pero, de nuevo, cuando el placer desaparece, mejorar deja de ser estimulante. Y pasa a ser otra cosa más que hay que hacer bien. Otro listón que hay que superar. Otra expectativa que hay que cumplir.

Y entonces se rompe algo muy delicado y muy difícil de reparar: dejas de disfrutar del proceso de volverte mejor.

El tercero tiene que ver con el sentido.

Puedes saber por qué haces lo que haces. Puedes creer profundamente en tu trabajo. Pero si el sentido no va acompañado de placer, puede desdibujarse porque… ¿de verdad tiene sentido sostener algo sin disfrute? ¿Hasta donde debe llegar una responsabilidad que te está aplastando?

Cuando el placer se apaga durante demasiado tiempo, no se rompe solo una cosa. Empiezan a resentirse muchas capas a la vez.

Elegir cuesta más. Mejorar deja de ilusionar. Y hasta lo que amas deja de tener tanto sentido como antes. Por mucho que te importe, cansa mucho dejarte a ti misma por el camino.

Y, por mucho que te animes a ti misma a recordar tu propósito y reconectar con eso por lo que empezaste, cuando el cuerpo está agotado, cuando la fuente del placer se ha quedado seca, nada de eso ayuda.

Porque la motivación interna no se reactiva a base de empujones. Se reactiva cuando vuelve el placer.

El placer es la puerta de entrada. Todo lo demás viene después.

Y cuando entendí esto, se me ordenó TODO. Porque necesariamente tuve que preguntarme por qué había desaparecido el placer.

Quiero hablarte de otro libro que es muy probable que conozcas también: Burnout, de Emily y Amelia Nagoski.

Ellas hablan de cómo se llega al punto del burnout y, sobre todo, cómo salir de ahí. Lo que dicen es que no basta con eliminar el estrés. Hay que cerrar el ciclo del estrés.

Muchas personas que sufren estos momentos de “me han desaparecido las ganas” no viven una vida caótica. ¡Al contrario! Tienen estrategia, planificación, calendario, listas, responsabilidades claras… Pero viven en un estado de activación constante.

El cuerpo nunca baja la guardia.

Y cuando el cuerpo vive demasiado tiempo en alerta, acaba diciendo basta. Y ojo, que muchas veces no lo hace con un grito. Lo hace con silencio (con algo tan simple como no levantarte de una silla durante horas después de desayunar).

El burnout, más que estar cansada, es quedarte atrapada. Sí, sí, como yo en la silla.

Es sentir agotamiento emocional. O desconectarte de lo que haces. O empezar a sentir que nada de lo que haces importa del todo.

Suena grande, pero en realidad es una respuesta completamente normal a demandas constantes y expectativas imposibles.

El problema no es el estrés. El problema es que ese estrés no se termina nunca.

Antes, el estrés tenía un final claro. Huías. Sobrevivías. Descansabas. Y vivías mientras podías porque el león que iba a comerte ya no estaba.

El cuerpo entendía que ese episodio ya se había terminado, que ya estabas a salvo.

Ahora no. Ahora respondes mensajes. Cumples tareas. Cierras el ordenador. Te sientas a cenar. Y sigues en alerta. El cuerpo nunca recibe el mensaje de que el león ya no está. Y el estrés, el león, su recuerdo y la promesa de sus colmillos se quedan a vivir dentro de ti.

Y oye, me da igual si el león es ver qué publicas la próxima vez en Instagram para que el algoritmo no te fastidie otra vez. Porque para tu cuerpo es león igual.

El problema es que cuando llegas a ese estado, el cuerpo no va a salir de ahí ni con más foco ni con más disciplina. Va a salir com movimiento, descanso real, contacto seguro, con crear sin un para qué. Sin métricas. Sin rendimiento….

Puro disfrute creativo sin más.

Porque muchas veces no nos faltan ideas. Lo que nos falta es espacio para sentirlas.

Llevo varias semanas recibiendo muchos mensajes por Instagram a raíz de compartir mi proceso de desbloqueo. Muchas personas me escriben diciendo que su problema ya no es el algoritmo, ni la visibilidad, ni la estrategia… El problema es que no tienen ganas. Se sienten agotadas, drenadas, frustradas…

Es normal cuando llevas demasiado tiempo creando sin descanso emocional. Publicando porque toca. Optimizando. Midiendo. Ajustando. Pero a mil kilómetros del disfrute del proceso creativo. A mil kilómetros de sentir disfrute mientras haces, y no solo cuando terminas.

Y entonces, cuando ya tenía asmilado todo eso (que el burnout no es un momento de debilidad, que el placer no es un capricho, y que el cuerpo sabe muy bien lo que hace cuando se planta), me topé con un libro que se llama Flow, de Mihály Csíkszentmihályi. Y ahí encontré algo que lo explicaba todo de otra manera, pero que encajaba perfectamente con todo lo demás.

Resulta que el disfrute no nace del resultado. Nace del equilibrio entre reto y habilidad.

Cuando el reto es demasiado alto, aparece la ansiedad. Ese nudo en el pecho que te dice que esto te queda grande, que no vas a poder, que va a salir mal, que te vas a estrellar… Te suena, ¿verdad?

Y, sin embargo, cuando el reto es demasiado bajo, aparece el aburrimiento. Esa sensación de estar desperdiciando el tiempo, de que podrías estar haciendo algo que de verdad te mueva por dentro.

Y yo creo que eso es lo que les pasa a muchas creadoras, que no es que estén bloqueadas en sí. Es que han perdido ese equilibrio. Demasiada exigencia por arriba y muy poco disfrute por dentro.

Nos hemos puesto listones tan altos que ya ni siquiera vemos el suelo. Queremos que cada publicación sea brillante, que cada contenido sea viral, que cada proyecto sea perfecto. Y mientras tanto, el cuerpo está ahí abajo gritando: «Oye, que yo necesito jugar un poco, ¿sabes?».

Y además hay otro problema añadido: muchos trabajos creativos no tienen feedback inmediato.

Nadie te dice que vas bien. Nadie aplaude el proceso. Todo parece invisible durante meses. Escribes, publicas, creas… y muchas veces hay silencio. Porque hasta que las cosas empiezan a rodar, hasta que las métricas empiezan a mejorar, puede pasar bastante tiempo.

Y, claro, cuando no hay señales de avance, las ganas se te apagan un poco.

Las ganas no se encuentran rebuscando en tu interior como si fueran las llaves del coche. Se crean. Se diseñan. Se cultivan.

Se crean eligiendo proyectos que te ilusionen de verdad, no solo los que se supone que deberías hacer.

Se crean celebrando el proceso, no solo el resultado.

Se crean entendiendo que tu relación con tu trabajo creativo es, precisamente, una relación. Y como toda relación, necesita cuidados.

Cuando estaba ahí sentada, incapaz de levantarme de la silla, yo era la misma de siempre con la misma fuerza de voluntad de siempre. Pero me faltaba la experiencia del placer. Me faltaba sentir que lo que iba a hacer al levantarme merecía la pena. Que me iba a nutrir, no solo a exigir.

Y cuando empecé a construir eso, todo empezó a mejorar.

Pero no lo construí con un plan maestro ni con una estrategia de 20 pasos, ojo. Lo construí con cosas pequeñas. Con retos creativos que me ilusionaban, pero que no tenían ninguna pretensión de conseguir nada concreto ni alcanzar ningún tipo de métrica…

Este podcast, sin ir más lejos, nació así, de ese momento. Sin expectativas. Solo por el placer de hablar contigo, de compartir, de crear algo que me apetecía sin pensar en si iba a funcionar o no.

También empecé a hacer piezas para Instagram de otra manera. No como «contenido que tengo que publicar», sino como un acto creativo en sí mismo. Como si estuviera pintando un cuadro que nadie más fuera a ver. Eso lo cambió todo.

Me propuse retos disfrutones libres de métricas. Cosas que quería hacer solo porque me apetecían. Grabarme haciendo algo diferente. Probar un formato nuevo. Jugar con una idea que me rondaba la cabeza pero que no sabía si iba a servir para nada.

Y resulta que esos retos pequeños, esos momentos de crear sin presión, fueron los que me devolvieron las ganas. Fueron los que me recordaron por qué empecé todo esto.

Porque cuando creas por disfrute y no por obligación, cuando te das permiso para experimentar, para jugar, para equivocarte, para hacer algo distinto… algo se desbloquea dentro de ti.

No es que de repente todo vuelva a ser fácil. Pero sí vuelve a tener pulso.

No te voy a decir que mi cambio fue de la noche a la mañana, porque hubo un buen trecho con subidas y bajadas. Pero un día me levanté de la silla y ya nunca más me volví a quedar atada a ella. Y empecé a crear de nuevo. Pero diferente. Con más suavidad. Con más respeto por mí misma. Con más disfrute. Con más ilusión. Con la certeza de que las ganas no se van si las cultivas.

Así que si estás leyendo esto y te sientes atascada, si las ganas se te han ido a otro lado y no sabes cómo traerlas de vuelta, pregúntate qué le falta a tu cuerpo para sentirse vivo.

Pregúntate si el reto que te has puesto es humano o imposible. Pregúntate si estás esperando señales de progreso que nunca van a llegar porque el camino que elegiste no las da.

Y sobre todo, pregúntate si lo que estás haciendo te está alimentando o solo consumiendo.

Porque las ganas no vuelven por obligación. Pero sí van a volver si las invitas de nuevo, si traes el placer de vuelta a esta fiesta.

Recuerda que la estrategia te guía, pero el placer te levanta.

Y cuando no te levantas, es porque tu cuerpo está protegiéndote de seguir empujando sin aire.

Así que si estás en ese punto de “sé lo que tengo que hacer, pero no lo hago”, no te preguntes qué deberías publicar. Pregúntate qué te devolvería un poquito de pulso.

No te preguntes qué te haría crecer. Pregúntate qué te haría respirar.

Así es como un día, sin darte cuenta, te levantas de la silla.

Y ese día, amiga, no es poca cosa. Ese día vuelve tu vida.

Recuerda que también tienes la opción de escuchar estos episodios en mi podcast en vez de leerlos. ¡De hecho, te lo recomiendo porque la experiencia es mucho más potente!

Si quieres estar al día cuando haya episodios nuevos, inscríbete en mi newsletter «Hay un oso panda en mi ensalada». Al inscribirte, descubrirás por qué se llama así 😉. Y tendrás acceso a una montaña de consejos e información extra que no encontrarás aquí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

susana_torralbo_baja-106

¡Hola, caracola!

Si es la primera vez que vienes por aquí, me presento: soy Susana, una publicista con una cámara pegada en la mano. Éste es el lugar desde el que comparto todo lo que sé sobre comunicación, marketing y publicidad (y sobre donuts, mi madre, lo divino, lo humano…). Quédate un rato conmigo; ¡las risas están aseguradas!

Suscríbete

Y consigue mi guía gratuita para aumentar tu audiencia en Instagram y convertir seguidores en clientes.

Categorías

Vente a mi escuela comunicación y marketing online y aprende sobre Instagram, storytelling, lanzamientos… con los cursos más completos y cuidados que hayas visto jamás.

¿Conoces mi curso Up & Roll?

Es el único curso en castellano que aborda el proceso completo en Instagram de principio a fin. Branding, fotografía, redacción de textos, estrategias de crecimiento…