5 lecciones que aprendí cuando el trabajo me desbordó

Mientras trabajaba en mi anterior empresa, mi jefe se compró 5 pisos, 2 barcos y 3 coches, y comió tanto marisco que a estas alturas sus arterias deben estar como la cola de embarque de un vuelo de Ryanair. A veces, su generosidad se extendía más allá de sí mismo y nos invitaba a celebrar la comida de empresa de Navidad en Roma, en Dublín…. Puede decirse que las cosas iban bien, muy bien, incluso cuando la crisis dejó de ser un pájaro de mal agüero y comenzó a hacer desaparecer negocios de la noche a la mañana.

Gran parte de los presupuestos de la empresa pasaban por mis manos. Hacer números se me daba muy bien: conseguía aumentar los ingresos, reducir los costes… Ganar mucho dinero en definitiva. Tío Gilito, a mi lado, era un aprendiz de guardería.

Pero todo cambió el día que dejé de pensar como una empresa y empecé a pensar como una ONG: el día que emprendí. De repente, comenzó a darme una especie de apuro inexplicable a la hora de hablar de la parte económica de mi trabajo, como si mis jornadas interminables, mi experiencia o mis conocimientos no lo valieran. Al tratar con otros emprendedores de tú a tú, la empatía me llevaba a poner precios ridículos a mi trabajo. El hecho de que se trate de una profesión basada en la creatividad, sin grandes costes de proveedores, no me ayudaba en absoluto a poner los pies en la tierra. ¿El resultado? Jornadas laborales interminables, con una media de 14 horas al día, problemas de circulación, una vida personal y familiar reducida a la mínima expresión, clientes que no valoran tu trabajo, nervios crispados y el deseo de abandonar flotando en el aire a cada instante…

Con el tiempo, investigando sobre el tema descubrí que hay muchísima gente a la que le sucede lo mismo. Por eso hoy quiero abordar el tema de los precios desde una perspectiva más práctica y personal, lejos del marketing y de las fórmulas matemáticas que ya expliqué en su día. Hoy quiero contarte las 5 cosas que aprendí cuando el trabajo me desbordó.

portatil

1. Sube precios.

Si cuando cierras los ojos, te imaginas a ti mismo como un hamster corriendo dentro de una rueda, ha llegado el momento de coger aire. Cuando no te llegan las horas del día para hacer todo el trabajo pendiente y sufres porque no llegas a fin de mes, subir tus precios es la mejor solución posible. La subida actuará como un filtro natural, haciendo que te acepten menos presupuestos. Menos pero de mejor calidad. Como mínimo, ganarás lo mismo, pero tendrás más tiempo libre. Y con suerte, pronto podrás ser una persona casi normal, de esas que van al cine de vez en cuando, hablan con gente, se cortan el pelo cuando toca… ¡Un despiporre de vida!

2. Ponlo por escrito.

No esperes a que te soliciten el próximo presupuesto para hacer esto porque volverás a ceder a la presión y no serás capaz de pensar una cifra adecuada con claridad. Siéntate con calma y elabora unas tarifas justas. Para ello, debes tener en en cuenta que siempre tiendes a subestimar tu tiempo y que todos los trabajos terminan complicándose. Tener estas tarifas por escrito hará que te comprometas contigo mismo a no bajar tus precios y te ayudará a sentirte menos presionado cuando te pidan presupuesto. Además, te resultará muy cómodo adjuntarlas por email y no tener que estar escribiendo largos mensajes explicando siempre lo mismo.

3. Acota tareas.

A veces, el precio no es el problema, o no es el único. En ocasiones, los trabajos no compensan y tu precio por hora se reduce a cifras microscópicas porque no sabes poner barreras. No acotar tareas no es sólo un nido de malentendidos: es el método ideal para terminar trabajando muchas más horas y haciendo más cosas de las que debes. Todos, en mayor o menos medida, somos vampiros sociales y tendemos a coger parte del brazo cuando nos dan la mano (algunos el brazo entero, una pierna ¡y lo que pillen!). Prueba a poner por escrito, además de tus precios, tu proceso de trabajo, especificando bien plazos, pagos, entregas, información o material a aportar por el cliente… Te ahorrarás tantos dolores que parecerá que vuelves a vivir con tus padres.

4. Da varias opciones.

Dar mucho a un precio mínimo es el paso anterior a regalar tu trabajo, un suicidio empresarial sólo apto para gente a la que le sobra el tiempo y el dinero. Si piensas en varias opciones de un mismo producto o servicio, podrás adaptar tu esfuerzo y lo que ofreces a distintos tramos de precio. Además, podrás ampliar tu cartera de clientes con necesidades y presupuestos muy distintos.

5. Medita, no des precios en la primera conversación.

Es muy común que cuando alguien te llama quiera resolver en esa primera conversación el tema del presupuesto. Si se trata de un trabajo bastante común y sin ninguna necesidad adicional, puedes hacer uso de tu tarifa. Pero si el trabajo difiere en algo, por mínimo que sea, de lo que contemplan tus tarifas, nunca debes dar un precio sobre la marcha. Te aseguro que, con las prisas, subestimarás siempre el esfuerzo y tiempo que implica, y volverás a atarte a un trabajo que no te compensa.

vivir

Hazme caso, maifrén, te habla la voz de la experiencia. Todo esto lo he aprendido como un mulo de feria, a base de palos. La empatía debe empezar por uno mismo y no ser un obstáculo para tener una vida confortable, con las horas de descanso que tu mente y tu cuerpo necesitan.

Porque siempre hay algo mejor que hacer en lugar de trabajar: vivir.

24 comentarios
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  • Lourdes

    Totalmente de acuerdo contigo, Susana. Vivir siempre tiene que estar por delante de trabajos que no compensan. Es difícil ser selectivo y decir que no, pero al final no se hunde el mundo y se gana calidad de vida. Leyéndote hoy me he sentido menos sola y más comprendida. Un beso.ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Muchas gracias, Lourdes! Qué alegría leer que te has sentido menos sola gracias a este post. ¡Un beso!

  • Cris

    Justo lo que necesitaba leer estos días. Qué alivio saber que no soy la única a la que le pasa porque a veces me siento tan tonta… Gracias por este post, Susana.ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Gracias a ti, Cris, por pasarte y comentar! No estás sola, somos muchos los que pasamos por ese trance y salimos reforzados. ¡Espero que a ti también te suceda!

  • Mar Morillo

    Esa última frase me ha llegado al alma. Me la voy a repetir cada día!!!ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Yo me la voy a tatuar, Mar!

  • Anna

    Chica, siempre das en el clavo. Gracias por hablar de lo que nadie habla. Besos!ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Gracias, Anna! Me apetecía muchísimo abordar este tema, me alegra que te haya servido.

  • Miriam D.

    Cuando yo empecé lloraba por las noches de puro agotamiento, y mira que estaba feliz con la aceptación que tuvo mi negocio, pero estaba tan estresada que ni siquiera podía disfrutarlo. Una quiere ser siempre servicial y atenta con los clientes y al final sin darte cuenta vas cediendo y cediendo hasta que te quedas sin un minuto libre al día. Pero ya te digo yo que esto en otros países no pasa, los clientes respetan más al profesional y no le ponen en el compromiso de pedir más de lo que están pagando. Aquí somos muy poco mirados con eso. Yo el día que aprendí a decir que no con una sonrisa y a insinuar que más allá de unos limites tenían que pagar, fui feliz. Así que me he sentido súper identificada con tu post.ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Hola, Miriam! En parte coincido contigo en que es un problema cultural del cliente, pero también del profesional. Es como que nos sentimos mal dando estrictamente lo estipulado, algo parecido a lo que sucede en una empresa cuando llega la hora de salir: a todo el mundo le da apuro ser el primero que se levanta y se va. En mi anterior trabajo, tuvimos varios becarios extranjeros a los que literalmente se les caía el boli un minuto antes de la hora de salida, estuvieran haciendo lo que estuvieran haciendo. Llegaba su hora y se iban, como es lógico. Quedarse más tiempo del estipulado era para ellos incompresible, un absurdo. ¡Ojalá llegue a ser así también en España algún día! La cultura de las horas extras es muy poco sana.

  • Irene

    Creía que estaba loca o que era un bicho raro. No sabes lo que te agradezco el post de hoy (y el regalito de la newsletter). Deseando leerte el miércoles que viene.ResponderCancelar

    • Susana

      ¡No, Irene, no estás loca! ¡O al menos no eres una loca en soledad! Me consta que esto le sucede a muchísima gente. Por suerte, una vez que te das cuenta, no deja de ser un tramo más en el proceso de emprender, una parte necesaria para mejorar y crecer.

  • Inma Vilches

    El día que decidí dejar de dar el pecho s mi hija porque no me daba tiempo de responder emails supe que algo iba mal. Emprender no debería ser tan duro, pero lo es y hay que desprender a gestionar tu tiempo y tus recursos.ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Uffff, qué fuerte, Inma! Imagino que recularías inmediatamente, ¿no? Hay cosas que realmente no merecen la pena o que no tienen la prioridad que le damos. Hay que saber detactarlo porque por el camino nos dejamos otras que sí que son importantes. ¡Gracias por compartir tu experiencia!

  • Débora Pérez

    Buenos días Susana!, ando un poco perdida últimamente, sin aparecer por comentarios o faceb., pero créeme que cuando puedo me empapo de todos tus post.
    Quería darte las gracias por todo lo que compartes, tu experiencia, tus consejos, y por esas acciones de PS que aún ando machacándome la cabeza para entender cómo se utilizan (tengo que hacer un curso urgente, ja,ja,ja).

    Siempre un placer leerte, un saludo y feliz semana!ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Hola, Débora! ¡Cuánto tiempo! Me alegra mucho verte por aquí y gracias a ti por ser siempre tan atenta. ¡Feliz semana para ti también!

  • Hola Susana: tienes mucha razón, y está genial que compartas tu visión abiertamente tras vivir la experiencia. Es un mundo complicado el de emprender, y muchas veces la inseguridad lleva a regalar tu trabajo. Esto creo que nos pasa a la mayoría, y saber que otros han pasado por lo mismo y han sabido solucionarlo ayuda a recordarnos que hay que saber valorar tanto nuestro trabajo, como nuestro tiempo.
    Muchas gracias! Genial!ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Gracias, Clara! Yo creo que el proceso de emprender es brutal a nivel mental. Lo duro no es el trabajo en sí, sino las barreras psicológicas que tienes que superar para atreverte, para creer que puedes, para poner tu trabajo en valor… Espero que tú hayas llegado a la misma conclusión que yo y también hayas superado esa etapa tan complicada. ¡Un beso! me ha encantado verte por aquí, ¡maestra tejedora!

  • Marta Párraga

    Creo hemos sido muchos los que pensamos que te equivocadas al poner los precios, era como minusvalorar tu talento! Y ahora me sorprendes con estas reflexiones tan sensatas… Si es que vales mucho, y qué rápido aprendes!
    BesosResponderCancelar

    • Susana

      ¡Gracias, Marta! Me equivocaba y mucho, pero creo que hasta que no sufres las consecuencias a lo grande, no superas del todo esa barrera y tomas las medidas necesarias. Yo soy de las que manejan genial la teoría (sobre todo la ajena), pero me cuesta trazar la barrera entre la teoría y la práctica y pasar a la acción.

  • Cuánta razón tienes…. y que identificada me he sentido con lo del hámster. Gracias por los consejos Susana!!!!ResponderCancelar

    • Susana

      ¡Muchas gracias, Sandra! Imagino que en mayor o menor medida, dependiendo del carácter de cada uno, todos hemos pasado por aquí. Lo importante es aprender de los errores e ir puliendo estas cosas con el tiempo.

  • Ostras!! Me ha encantado el post! de acuerdo en todo, todito lo que dices 🙂 ahora a ponerlo en práctica, que se intenta, pero a veces cuesta 😉 hasta la proximaResponderCancelar

    • Susana

      ¡Gracias, Laia! Lo importante es intentarlo y, aunque no se consiga hacer perfecto todo desde el principio, ir haciéndolo cada vez mejor.

Si es la primera vez que vienes por aquí, me presento: soy Susana, una publicista con una cámara pegada en la mano. Éste es el lugar desde el que comparto todo lo que sé sobre comunicación, marketing y publicidad (y sobre donuts, mi madre, lo divino, lo humano…). Quédate un rato conmigo; ¡las risas están aseguradas!




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