Cómo triunfar en Instagram sin comprarse un gato
Todo empezó cuando dejó de importarnos comernos la comida fría. Después vino esa extraña manía de fotografiarse los pies por doquier (al borde de la piscina, en la orilla del mar, en el bar de la esquina…). De repente, todos aprendimos a poner morritos y una mirada más intensa que el bronceado de Giorgio Armani. Perdimos el miedo y la vergüenza y nos lanzamos a mostrar nuestras vidas en un festival de exhibicionismo sin precedentes. Descubrimos que la comida y el porno podían compartir etiqueta. Y hasta vimos cómo un palo se convertía en nuestro compañero inseparable de aventuras. Instagram llegó, vio y venció. Nos robó el corazón igual que el simpático del grupo: a lo tonto y sin darnos cuenta. A estas alturas de la película, tengo muy claro que nos ha llevado al huerto y de allí ya no hay quien vuelva. Lo confieso, a mí me tiene en el bote. Tonta perdida, para más señas. Es la única red social en la que actualizo a diario, incluso estando de vacaciones. Es quedarme sin wifi y notar que se me escapa la vida, que me aíslo del mundo, que pierdo el norte cual camello en el Ártico.