5 lecciones que aprendí cuando el trabajo me desbordó
Mientras trabajaba en mi anterior empresa, mi jefe se compró 5 pisos, 2 barcos y 3 coches, y comió tanto marisco que a estas alturas sus arterias deben estar como la cola de embarque de un vuelo de Ryanair. A veces, su generosidad se extendía más allá de sí mismo y nos invitaba a celebrar la comida de empresa de Navidad en Roma, en Dublín…. Puede decirse que las cosas iban bien, muy bien, incluso cuando la crisis dejó de ser un pájaro de mal agüero y comenzó a hacer desaparecer negocios de la noche a la mañana. Gran parte de los presupuestos de la empresa pasaban por mis manos. Hacer números se me daba muy bien: conseguía aumentar los ingresos, reducir los costes… Ganar mucho dinero en definitiva. Tío Gilito, a mi lado, era un aprendiz de guardería. Pero todo cambió el día que dejé de pensar como una empresa y empecé a pensar como una ONG: el día que emprendí. De repente, comenzó a darme una especie de apuro inexplicable a la hora de hablar de la parte económica de mi trabajo, como si mis jornadas interminables, mi experiencia o mis conocimientos no lo valieran. Al tratar con otros emprendedores