Lo que el verano se llevó
Hace una semana que entró el otoño y aún no me hago a la idea e incluso me resisto a aceptarlo. Y es que el verano se me fue sin que pudiera paladearlo. Literalmente lo engullí como si de comida rápida se tratara, pasé por encima con mi máquina apisonadora del tiempo, corriendo, para saltar a otra cosa, para atender asuntos que de repente me parecían más importantes. Se me olvidó vivirlo y me da rabia, mucha rabia, porque nada debe ser tan importante como vivir la propia vida. Yo, la reina de los plannings y los calendarios, la señorita ordenada, doña yopuedocontodosola, me vi sumida en un bucle de trabajo que aún no entiendo bien cómo se formó: plazos que de repente se veían reducidos a la mitad, clientes que tardaban en decidirse y se solapaban con los siguientes, proyectos inesperados pero tan interesantes que no quise decir que no… Si coges todo eso, lo metes dentro de una coctelera, lo agitas y le añades una dosis alta de perfeccionismo, una pizca de complejo de Supermán y una porción de autoexigencia, te sale un verano redondo, con muchas horas frente al ordenador y muy pocas paseando por la playa.