De ciudades y de azules
Hoy os voy a contar la historia del día en que me dieron la vuelta como un calcetín y, de amante fiel del paisaje urbano, me transformé en una loca de las flores. Andaba yo por Olite muy predispuesta a admirar las maravillas de su castillo cuando de repente me topé con una plaza llena de árboles de flores rosas. ¡Parecían pompones! Tras el primer impacto visual, la cámara se convirtió en una extensión de mi mano. Y yo, que momentos antes lloraba por un filete y sentarme a la sombra, de repente no tenía prisa, hambre ni calor. Después de media hora probando todos los encuadres y ángulos posibles, bajé al fin la cámara y la mirada al suelo, pero lo que vi me pareció otro festival rosa igualmente digno de fotografiar. Puede que fuera el agotamiento lo que me sacó de aquel ensimismamiento floral, o quizás fuera la combinación diabólica de polen con asma y alergia, lo importante es que al final mis manos volvieron a ser manos y yo terminé almorzando. ¡Quién me lo iba a decir! Yo siempre fui de ciudades y de azules, o tal vez eso era antes…