Fotocuentos para niños
Cuando nos volvemos mayores nos sucede algo horrible: nos crece una especie de enanito en el cerebro que va cerrando la puerta por donde sale cualquier tipo de idea que no tenga las dosis de realidad que se consideran adecuadas en personas adultas. ¿Para qué dejarlas salir si no son posibles? ¡Qué peligroso es el para qué! ¿Acaso todo tiene que tener un para qué, una utilidad práctica? En el momento en que comienza la dictadura de lo práctico, el visionario que llevamos dentro, que es el que se encarga de conseguir una versión mejor de nosotros mismos y de todo cuanto hacemos, comienza a languidecer. El enanito no sabe que cuantas más cerraduras le pone a la puerta, más grises nos volvemos y más nos alejamos de nosotros mismos, de los visionarios en estado puro que éramos de niños. ¿Qué habría pasado si la madre de Thomas Edison hubiera atajado de golpe aquella curiosidad sin límites que le llevó a imaginar ciudades enteras iluminadas durante la noche y a inventar la bombilla? ¿Qué habría sucedido si su enanito hubiera cerrado la puerta a aquella idea loca? ¡Que nos habría dejado a oscuras a todas las generaciones futuras! Trasladando esto a