Enfermar para sanar
Hace unos años, me acercaba a los 30 con el plan perfecto debajo del brazo: carrera universitaria, prácticas, empleo estable, ascensos, pareja, piso, hipoteca… Ya sólo quedaba hablar en serio de boda y pensar en niños. Todo había ido transcurriendo según lo marcado, pasito a pasito, sin errar en nada. Y era feliz… ¿Era feliz? Eso creía por aquel entonces. Pero lo cierto es que me hacía la despistada. Y mucho. Hacía tiempo que en mi horizonte perfecto empezaban a asomar unos nubarrones a los que había decidido ignorar a fuerza de miopía mental. Porque ¿qué podía estar mal en esa vida tan bien planificada? ¿Qué importaba que no me gustaran del todo los valores del lugar en el que trabajaba? Tenía que sentirme afortunada por trabajar en aquello para lo que había estudiado y tener un buen sueldo. ¿Y el desamor? No, eso no existía, a mí no me iba a pasar. Y así transcurrían mis días, feliz con el opiáceo de mi ceguera auto-inducida. Recuerdo que un viernes, después de un duro día de trabajo, me disponía a dormir una pequeña siesta en el sofá de casa de mis padres (¡bendito sofá!) cuando empecé a notar una pequeña