Naufragio en aguas nacionales
Cuando los vientos del este y del oeste empezaron a soplar con fuerza, se cruzaron dentro de sí como en una esquina deshabitada, formando mareas incontenibles. Las olas le azotaban y le agitaban el ánimo en un vaivén de sentimientos acrecentado con la tormenta. Mientras contemplaba las nubes que le cercaban, vio resbalar las primeras gotas y, cuando la lluvia creció en intensidad, pensó que ya era tarde para sacar un paraguas, y que tampoco le serviría demasiado en mitad de aquel temporal imprevisto y necesario. Descubrió en sus manos errantes diminutos barcos de papel a la deriva. El farero estaba de vacaciones, y sin un faro guía no había nada que hacer salvo esperar a que los vientos amainaran. Pero como sucede con las tormentas más violentas, ésta se fue de golpe y sin previo aviso, como si no hubiera existido, salvo por el reguero de escombros y sedimentos emocionales que dejó a su paso. Repasó entonces todos los sitios de su cuerpo para encontrar algún rincón al que no hubiera llegado el desastre. Era tarde. Había naufragado y ahora, simplemente, se encontraba en otro lugar. Pero sólo era cuestión de salir al sol, secarse y empezar de nuevo.